El jugador que siempre quise ser

imagesNo es Michael Jordan. Ni Larry Bird. Ni Magic Johnson, ni Kareem, ni Lebron. ‘Yo no he visto a nadie tan increíble’, acredita de hecho Magic Johnson, que admite que tomó prestado el término ‘showtime’ de nuestro protagonista. Fue jugador de Utah Jazz, pero no es Karl Malone ni John Stockton. Fue mi primer ídolo, cuando vi una película de super 8 hace muchos años, era un jugador blanco que hacía unas cosas increíbles con el balón. Estaba loco, o eso parecía. Y yo intentaba imitar aquellas cosas que creía recordar, que había visto una sola vez hace muchos, muchos años, incluso dudaba de haberlas visto…

No era alto, ni musculoso. No saltaba mucho. Metía todo lo que tiraba, o eso me parecía a mí, al menos. Pero hacía unas cosas con el balón alucinantes. Años después, Phil Jackson y Tex Winter estaban viendo un video, muy parecido al que yo vi, y Tex decía: “mira qué cosas hacía…y sin envolver el balón”. Sin hacer manejo, sin amasarlo, tal y como ahora se ha tolerado y se tolera muchísimas veces, dando una ventaja definitiva a jugadores rápidos con buen manejo de balón. Pero eran otros tiempos, en que un novato era un novato, y los entrenadores eran respetados y enseñaban fundamentos a los jugadores, y estos se dejaban enseñar.

O no. Porqué él era un genio puro. Un improvisador, como un músico de Jazz que salta a la pista sin partitura. En el arte, hay maestros y hay genios. El maestro es el experto que trabaja la técnica, intentado llegar a la perfección. Él era un genio. Un transgresor de las normas vigentes llevando todo al extremo del más puro arte, casi circense. Un niño en estado puro para el que el baloncesto es el juego, la vida es una sucesión de un cuarto tras otro en el que cada segundo cuenta para intentar el más difícil todavía. Su mejor amigo fue el balón hasta su muerte, y de él aprendió todos los secretos. Fintas imposibles, pases de todos los tipos, por la espalda, de bolos, picado todo el campo, fintando pasar por la espalda y acabando en bandeja con la misma mano, cambios de mano en el aire… Y todo ello adornado con el tiro más letal que haya tenido base alguno jamás. 44 puntos (¡de media!) en tres temporadas en la NCAA, y la máxima anotación de la historia en la NBA para un jugador en la posición de base (68 puntos contra Nueva York), que por cierto es también la mayor cantidad de puntos anotados por un jugador descalificado por faltas personales (fue expulsado por 6 faltas en ese encuentro).

Aprovechaba el repliegue lógico de la defensa para hacer tiros de 7 y 8 metros como si fueran bandejas, cuando todavía no había línea de tres puntos. En su última temporada en Boston ya se instauró y tuvo un 66,7 por ciento de acierto. Sólo recuerdo un jugador francés llamado Hervé Dubbuison que en los años 80 hacía algo parecido, quizá el más parecido hijo de la anarquía a este lado del charco. La perfecta pesadilla para jugar al H-O-R-S-E, ese juego al que hemos jugado de pequeños (en España jugábamos al O-S-O, que duraba menos) en el que lo importante era la creatividad. Para muestra, un botón:

Cuando da el salto a profesionales, escoge la NBA sobre la ABA, sin darse cuenta que ésta hubiera sido mucho más apropiada a sus características, y a él el escoge Atlanta, en mi opinión el equipo equivocado. Su máximo apogeo llega en los New Orleans Jazz, franquicia posteriormente trasladada a Utah, y que une su futuro al del genio. Ahí vimos a nuestro artista en toda su grandeza, sin la presión de Atlanta, y desarrollando su capacidad para el pase de fantasía, como alternativa a la necesidad de lanzar menos a canasta.

Su problema fue que era un individualista y un artista anárquico. Nunca entendió el baloncesto, como un juego de equipo, salvo que sus compañeros estuvieran a su altura. Y muy pocos lo estaban. Rich Kelley, quizá el jugador que mejor le comprendió, decía que iba muy por delante de todos ellos. En su primer partido lo comprendió, cuando antes de empezar le dijo que estuviera atento. El primer pase que recibió le dio en la cara, por inesperado, y entonces Rich escuchó estas palabras: “¿no te advertí que estuvieras atento?”. La mayoría de sus compañeros no le entendían, le consideraban un niñato engreído y vanidoso, como tampoco entendían a Charlie Parker o a Miles Davis los músicos de jazz de su época, porque iban por delante de su tiempo. Tenía en cierta forma la intención de humillar a los otros jugadores que practicaban un estilo de baloncesto que él consideraba pasado de moda: varios jugadores han confirmado que al driblarles le escuchaban reír…

Con su pelo estilo Beatle, representa la búsqueda de la libertad y de los límites de los años 70. Su muerte en 1988, jugando al baloncesto una pachanga con unos amigos, inspiró la canción de Bob Dylan Dignity (1991). Murió de un infarto al faltarle una arteria coronaria, una lesión congénita que nadie descubrió. Sus vecinos recuerdan verle botar el balón desde dentro de un coche en marcha a 20 millas por hora por la ventanilla. Ganaba apuestas haciendo girar un balón sin parar entre los dedos y los nudillos durante una hora. Como dice Bill Simmons, verle era como ver a doce Globetrotters a la vez.

Cuando ponemos siempre el énfasis en ganar, en jugar en equipo, ser competitivos, nos olvidamos del lado derecho del cerebro y de apreciar también el lado artístico del baloncesto, la creatividad, el espectáculo, el circo y la danza. Para crear es necesario cierto grado de desorden. Me falta por ejemplo en el baloncesto actual un jugador que me transmita esas emociones, solamente he sentido algo parecido en los últimos años viendo a Jason Williams o a Ricky Rubio, pero evidentemente a otro nivel.

Paul Westphal lo definió quizá mejor que nadie: “Él era un artista. Su lienzo era el campo de baloncesto, y su pincel era el balón”. Este era Pistol Pete Maravich, el jugador que siempre he querido ser. Mi jugador preferido de la historia de mi equipo favorito, Utah Jazz.

José Eladio Fernández

@thychobrahe

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